
La felicidad de los muertos (Mundo ajeno) es el título de la primera novela que ha publicado el escritor y periodista Enrique Cortez (Lima, 1976). Título sugerente si se toma en cuenta que el mundo representado en este breve libro (casi ochenta páginas) nos muestra una sociedad en la que confluyen hechos que remiten de inmediato al Perú de los tiempos de la guerra interna.
La novela o nouvelle tiene visos de aquella época, pero eso no implica necesariamente que se desarrolle tal cual en función a la violencia generalizada, sino, a través de vivencias personales. El protagonista de esta historia es Enrique. Y él, narrando primero sucesos autobiográficos, da inicio a La felicidad de los muertos. Hablando de sí mismo, se dirige también al lector, introduciéndolo así en su conflicto, en su inicial aburrimiento y posterior reflexión.
Enrique se construye como un personaje marcado por la soledad, la timidez y la lejanía de su madre, quien cumple una condena por terrorismo en el penal de Yanamayo. Ante este hecho, el personaje, incomprendido y desorientado –que nos recuerda en ese aspecto al protagonista de Adiós Ayacucho de Ortega– entrega la posta del relato a otros narradores (en tercera y segunda persona), y deja que la novela se sumerja en la complejidad, a veces fragmentaria, que conlleva el cambio de perspectivas, los saltos en el tiempo y las anécdotas de nuevos protagonistas.
Mas este juego, este cambio de espacios, de narradores y de anécdotas coinciden con el sentimiento de confusión que imperó aquí en la época de la guerra interna. La felicidad de los muertos, entonces, puede ser calificada como una más de las numerosas novelas que abordan aquel tema, pero a diferencia de las otras, acerca en primer plano la representación del alboroto y el desconcierto social acaecido, logrando a la vez, alejarse de una toma de posición particular que busque justificar o condenar aquellos tiempos. Muy interesante.
Enrique Cortez
La felicidad de los muertos
Mundo ajeno
2007
79 pp.
La novela o nouvelle tiene visos de aquella época, pero eso no implica necesariamente que se desarrolle tal cual en función a la violencia generalizada, sino, a través de vivencias personales. El protagonista de esta historia es Enrique. Y él, narrando primero sucesos autobiográficos, da inicio a La felicidad de los muertos. Hablando de sí mismo, se dirige también al lector, introduciéndolo así en su conflicto, en su inicial aburrimiento y posterior reflexión.
Enrique se construye como un personaje marcado por la soledad, la timidez y la lejanía de su madre, quien cumple una condena por terrorismo en el penal de Yanamayo. Ante este hecho, el personaje, incomprendido y desorientado –que nos recuerda en ese aspecto al protagonista de Adiós Ayacucho de Ortega– entrega la posta del relato a otros narradores (en tercera y segunda persona), y deja que la novela se sumerja en la complejidad, a veces fragmentaria, que conlleva el cambio de perspectivas, los saltos en el tiempo y las anécdotas de nuevos protagonistas.
Mas este juego, este cambio de espacios, de narradores y de anécdotas coinciden con el sentimiento de confusión que imperó aquí en la época de la guerra interna. La felicidad de los muertos, entonces, puede ser calificada como una más de las numerosas novelas que abordan aquel tema, pero a diferencia de las otras, acerca en primer plano la representación del alboroto y el desconcierto social acaecido, logrando a la vez, alejarse de una toma de posición particular que busque justificar o condenar aquellos tiempos. Muy interesante.
Enrique Cortez
La felicidad de los muertos
Mundo ajeno
2007
79 pp.
Comentario aparecido en mi columna del jueves 24 de mayo en el diario La Primera.

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