jueves 26 de marzo de 2009

El viaje como evasión

Con el Festival Fusiones Contemporáneas, el Centro Cultural Peruano Británico nos ofrece una interesante alternativa: la oportunidad de apreciar un teatro distinto al tradicional. Y es justamente en el marco de este evento que se presentó El Viaje, obra ideada por Marisol Palacios, escrita por Mariana de Althaus, y protagonizada por Melania Urbina y Vanessa Saba.

En el montaje, el lenguaje verbal y corporal no nos remite necesariamente a la explicación de un argumento lineal y coherente; sino que el habla y el movimiento son acciones que encierran un significado en sí mismas: son actos fragmentarios, vagos, incompletos; pero propios y, por tanto, fieles y honestos, despojados de toda la parafernalia que adorna un discurso explícito hecho para el Otro. En El Viaje las protagonistas hablan entre sí pero, sobre todo, hablan para sí mismas.

La dupla Urbina-Saba se muestra afianzada en la interpretación. Los diálogos se complementan cabalmente y las actuaciones transcurren con fluidez. Sin embargo hay un elemento que rompe la armonía de las performances: la música. Esta se presenta estridente y fuera de lugar respecto al acontecer de las representaciones. Pero si ese es un defecto técnico que le resta algo a la puesta, por otro lado tenemos un acierto de la misma naturaleza: los efectos visuales que se logran a través de un juego de tules delante o detrás de las protagonistas le otorgan al público distintos planos de percepción.
Es en este escenario de artificios donde ambas hacen sus maletas. Cada una acusa un motivo distinto que las empuja a emprender el viaje, pero a la vez, ese viaje tiene el mismo significado esencial para las dos: la travesía es un símbolo de escape, de evasión. El viaje pues, tendría que liberarlas de sus tormentosos problemas existenciales, pero los conflictos no respetan las distancias geográficas y las persiguen adonde van. El Viaje, en ese sentido, es un ir y venir en círculo, llegando siempre a desesperar a ilusas protagonistas que una y otra vez vuelven sobre sus problemas, reclaman, recuerdan, lloran y se lamentan.
Respecto al último punto, cabe aclarar que ese retorno al principio, ese repetir de algunos diálogos y la misma expresión de abatimiento hacen que la obra corra el riesgo de mostrarse plana, uniforme y predecible ante el público. Pero el riesgo no es muy alto si consideramos que aunque los diálogos empiecen a volver sobre sí, la dinámica con la que ocurren las acciones va creciendo y adquiriendo cada vez mayor presencia a lo largo de la puesta: finalmente, la forma se impone ante el fondo.

En suma, El Viaje cuenta con dos actrices de primera que dan la talla en todo momento; con un ritmo trepidante, reflexiones inteligentes, imágenes logradas y una propuesta tan válida como arriesgada.
Comentario aparecido originalmente en la columna Desde el Palco, del diario Expreso.

miércoles 11 de marzo de 2009

Caretas ejecutivas


El método Grönholm, obra escrita por Jordi Galcerán, se presenta en el teatro La Plaza ISIL de Miraflores hasta el 21 de abril.

¿Qué es lo que sucede cuando algunas personas se encuentran en un ambiente cerrado y creen estar siendo observadas y evaluadas a la vez? Pues se ponen una careta invisible y empiezan a actuar. En “El método Grönholm”, cuatro candidatos aspiran a un puesto ejecutivo en una importante transnacional y a cambio de un entrevistador encuentran una oficina vacía y sobres con extrañas instrucciones.

Desde su estreno (2003, Cataluña), esta comedia no ha dejado de sembrar elogios y su fama ha trascendido rápidamente las fronteras españolas. Esta exhibición crítica de los modelos empresariales que promueven una competencia extrema se acaba de montar en Lima, bajo la dirección de Sergio Llusera.

A dos siglos del planteamiento evolutivo de Darwin, la idea de que “el más fuerte sobrevive” es la que ronda por la cabeza de los personajes que aparecen en escena, transmitiendo una tensión natural ante un misterioso juego: los sobres proponen la realización de peculiares pruebas. Los candidatos siguen las reglas, entreteniendo y divirtiendo con ellas al público que es atrapado de inmediato al verlos envueltos en situaciones incoherentes. Quieren el trabajo y para eso se ven obligados a pasar aquellas pruebas que sin embargo, incluyen develar sus más íntimos secretos arriesgándose a pasar por grandes humillaciones. Lamentablemente, la mayor falencia de esas confesiones íntimas es que resultan tan exageradas que son difícilmente creíbles en el contexto realista de esta comedia.

Lo positivo es que conforme pasa el tiempo y cada candidato quiere sobresalir sobre el resto, ellos empiezan a despertar sus más bajos instintos, descubriendo así sus verdaderas personalidades. Acorde a estos actos, el humor también sufre una transformación, y va pasando desde fino e inteligente hasta insensible y cruel.

En cuanto a los personajes, se distinguen características estereotipadas: encontramos a Fernando Porta (Miguel Iza, de gran actuación): cínico y egocéntrico; Mercedes Degaz (Norma Martínez): mujer académicamente calificada pero algo acomplejada por su naturaleza femenina; al cómico y fresco Enrique Font (Gonzalo Torres está muy bien explotado en esta faceta); y el introvertido y engreído Carlos Bueno (Roberto Ruiz).

Finalmente, aunque la obra se desarrolle en un solo acto, se divide argumental y cualitativamente en dos partes. La primera, resalta la incertidumbre de los candidatos frente a un extraño aparato selectivo. La segunda, comprende el descubrimiento de quién o quiénes andan detrás de todo esto. Y digo que hay una diferencia no sólo de contenido entre una y otra porque es en la segunda parte donde la obra deja de captar interés. Al saberse el misterio desaparece la tensión. De allí en más se trata sólo de un largo complemento, la explicación (prescindible) de la naturaleza real de la prueba y, por último, un giro de tuerca que debería sorprender.

*Texto publicado previamente en la columna Desde el Palco, del diario Expreso.

jueves 15 de enero de 2009

Sostiene Pereira


Sostiene Francisco que fue el primero en recomendarme el libro. No lo recuerdo y no lo dudo. E imagino que el comentario debió hacerse el 2003. Exactamente, el mismo día del cumpleaños hablador que nos reunió por primera vez, porque son en encuentros literarios iniciales en los que se hablaba con mayor entusiasmo de los libros que apasionan. Y a Paco le apasionaba Tabucchi (aunque si lo lee ahora no está seguro de disfrutarlo tanto como en aquel entonces, sostiene Paco, pero no le creo).

Pereira es un periodista viejo, gordo, cardiópata y egoísta. Sumido en su mediocridad, es indiferente a los conflictos sociales europeos del 38. Hasta que conoce a un joven activista político y sin saberlo va aflorando en Pereira un inconsciente comprometido con la realidad, inconsciente que finalmente termina por sobrepasar la barrera del yo y sale a flote para romper con su orden establecido.

Sostiene José que se trata de un libro hermoso. También recuerda haberlo leído en un solo día. Frente a la playa en el verano del 2000. Está a punto de contarme el final cuando le digo espera compadre que todavía no termino de leerlo. Entonces repite dos y tres veces que es un libro hermoso, que ese final que no me puede contar aún, lo conmovió hasta el límite.

Monteiro Rossi es el nombre del joven que contrata Pereira para escribir artículos fúnebres en la página cultural del Lisboa. Pero Rossi solo escribe artículos inpublicables y ante ello Pereira se pregunta a sí mismo por qué lo mantiene empleado por tanto tiempo. De a pocos Rossi se va mostrando tal cual: un muchacho que encubre actividades clandestinas que Pereira nunca logra percibir del todo pero que despiertan el interés del viejo periodista. Tras un duro golpe, Pereira termina uniéndose a la causa.

Sostiene Gonzalo que no ha leído el libro. Muchos de sus colegas se lo recomendaron pero de Tabucchi solo leyó Nocturno Hindú. Y yo pienso en que claro, es imposible que el libro no le haya fascinado a los colegas de los que habla. Y es que esta historia que transcurre también en una estrecha oficina que funciona como la redacción de la página cultural del Lisboa atraparía sobremanera a cualquiera que se dedique o haya dedicado al periodismo.

La novela no tiene párrafos memorables por su belleza estética. Toda ella es uniforme en su estilo sobrio de narrar los sucesos, sin aspavientos, nada rimbombante. El lenguaje es meramente funcional y desnuda por completo un argumento genial que se convierte ya en un clásico por actualizarse en el tiempo, por abordar a la vez conflictos internos, existenciales; y externos, sociales.

¿Hace cuánto que un libro no me movía? No recuerdo la última vez. Por eso celebro la lectura de Sostiene Pereira, obra fundamental, libro que ha llegado tarde a mis manos, pero ha llegado.

viernes 2 de enero de 2009

Blindness al vuelo

Últimamente escribo todo al vuelo.
El tiempo.
Vi Blindness el último día que estuvo en cartelera. Lo vi a insistencia de Ignacio. Tenía que verla para escribir un artículo sobre ella.
Poco antes me había reunido con Ignacio y un grupo de amigos. Hablamos de cine. Él comentó que nada bueno se había estrenado después de Petróleo sangriento. Luego pasamos a destrozar los fiascos nacionales. Y recalamos en Blindness, la pela basada en Ensayo sobre la ceguera del Nobel José Saramago.
Si por algo he defendido a Saramago cuando algunos amigos lo tildaban de mal escritor, de ser un Carlos Fuentes portugués; ha sido justamente por su Ensayo...
Esa noche Ignacio me dijo esa pela es malaza, tan mala como el libro y he escrito un texto que voy a publicar en un par de días.
Si es fiel al libro no puede ser mala. Ensayo... es un librazo, contesté. Entonces me propuso: escribamos algo a dos plumas. Yo destrozándola; tú defendiéndola.
Primero voy a verla, le dije.
Solo va hasta mañana.
Entonces la veo mañana.
Y ese día siguiente fui al cine.
La historia era un resumen escolar de la obra. Mucha luz. Escenarios muy limpios. Personajes demasiado estilizados, estereotipados. Mala música. Mal manejo del tiempo. Etcétera, etcétera, etcétera.
Los primeros seis minutos fueron prometedores, es cierto. La repentina ceguera, la confusión, la desesperación. Pero luego todo corre demasiado rápido y, sobre todo, ligero. La atmósfera que crean las líneas del libro: oscura a pesar de la blanca ceguera, inhabitable y repugnante hasta el extremo; no se vio reflejada ni por asomo en Blindness.
Pocas veces abandono una sala de cine a la mitad de una película. Generalmente sucede por dos razones: o porque la cinta es demasiado mala, o porque me siento defraudado y la pela no es muy mala pero no cubre ni mínimamente las expectativas que tengo sobre ella. En este caso, ambas confluyeron.
Ignacio me escribió un correo enviándome su texto y pidiéndome el mío.
No le envié nada. Él tenía razón. No pasa absolutamente nada con Blindness. Pero ahora sigo creyendo que el libro sobre el que se erige el film es de lo mejor, y la imposibilidad de llevarlo al cine acaso lo confirma.

viernes 19 de diciembre de 2008

Jorge Franco al vuelo


Melodrama es el segundo libro que leo del colombiano. Colombia y París son los lugares: Colombia encierra un gran monstruo que asesina estallando coches bomba o mirándote de frente a la cara; París es el país soñado al que ilusionado llega muy joven el protagonista de la novela. Llega y arrastra a más de un familiar colombiano. Pero llega para morir observando las calles ocultas, las calles sombrías de la Ciudad Luz.

La foto en la portada de Melodrama es impactante. Él está muerto. Ella lo protege. ¿De qué? Simplemente lo protege y se lamenta. Pero Melodrama no solo tiene esa tristeza en sus líneas interiores. Tiene un abanico de voces y personajes que se construyen en función al desaparecido. Construyen una historia que narrada de otra forma podría ser conmovedora pero que contada como está tiene halos de tenebrosidad.

Años atrás, el primer libro que leí de Franco fue Rosario tijeras. Luego supe que existía una película y hasta una canción con el mismo nombre. No podría asegurar que Melodrama es mejor que Rosario... Ha pasado mucho tiempo y muchas lecturas entre una y otra. Tienen en común el retrato crudo de la Colombia violenta. Tienen una historia fatal de amor. Y, sobre todo, tienen excelentes arranques: "Como a Rosario le pegaron un tiro a quemarropa mientras le daban un beso, confundió el dolor del amor con el de la muerte" y “Es raro, muy raro y difícil de entender, cuando a uno le dicen que está enfermo y uno se siente tan bien. La enfermedad está ahí, y sigilosa y mezquina te perfora por dentro como un preso que cava y cava todas las noches, sin hacer ningún ruido, hasta que consigue salir por la otra boca del túnel”.

miércoles 17 de diciembre de 2008

SCORZA, 25 AÑOS DESPUÉS

El primer libro que leí de Manuel Scorza fue el último que publicó antes de su muerte (1983). Me desconcertó la lectura de La danza inmóvil. No encontré el narrador neoindigenista del que me hablaban con entusiasmo las pocas personas que sabían algo de Scorza. Para ellos, él podría ser el poeta de izquierda que se hizo conocido en el medio local con Las imprecaciones; o el novelista que se internacionalizó escribiendo cinco novelas comprometidas con la lucha de “los vencidos” en los andes centrales; o el famoso editor de los Populibros, publicaciones literarias de tirajes exorbitantes. Nunca escuché que lo definieran como escritor o novelista a secas. Siempre debía acompañarlo algún adjetivo que apunte su postura ideológica.

Es cierto que Scorza fue un activista político de izquierda, y eso influyó en la lectura local de sus novelas iniciales. Es posible que esa calificación de escritor comprometido haya sido una de las trabas que no han permitido que en el Perú la fama de Scorza se multiplique tras su muerte. Digo el Perú porque su primera novela, Redoble por Rancas (1970), fue traducida a más de treinta idiomas poco después de su aparición. Sí, era una novela con muchos ingredientes políticos y por ende ideológicos, pero sobre todo fue una historia conmovedora y mágica. Por ello se explica la acogida que tuvo fuera, en muchos lugares en donde los lectores no tenían la mínima idea de la situación real que se vivía al interior del Perú. La obra se defendía sola. Mezclaba con elementos fantásticos el sentir humano de la impotencia frente al armatoste dominante. Lo real maravilloso, poco empleado en nuestras letras, tuvo un lugar protagónico en la obra de Scorza: un cerco que dividía los pueblos y era impuesto por la gran empresa minera era para el imaginario de los comuneros un ser gigantesco que se proponía cercar el mundo entero; o las víctimas de la masacre, muertos y bajo tierra, narraban los últimos momentos del fracasado levantamiento popular.

Después de Redoble…; Garabombo, el invisible (1972), El jinete insomne (1977), Cantar de Agapito Robles (1977) y La tumba del relámpago (1979) completaron la pentalogía que Scorza llamó “La Guerra Silenciosa”. Guerra porque se centró en los enfrentamientos entre campesinos de la sierra central y autoridades estatales o una todopoderosa empresa norteamericana. Silenciosa porque estos enfrentamientos no repercutían en los medios, no se conocían fuera del campo de batalla. Y Scorza, que había participado en la lucha, quería legitimar, plasmar la voz de los comuneros en sus novelas. Los hechos reales, como es natural en la mayoría de creaciones, enriquecieron las historias de “La Guerra Silenciosa”. Pero contradictoriamente, éstas se vieron perjudicadas como tales al ser analizadas sobre todo como documentos en los que se buscaba la relación directa con la realidad, y repercutieron en ella, llegándose a tomar decisiones políticas de parte del gobierno y ajusticiamientos por parte de Sendero Luminoso.

En una carta que envía Scorza a Juan José Vega el 29 de marzo de 1971*, el escritor dice:“Yo siempre me he proclamado cronista de la ‘Guerra Callada’ que el país oficial ha mantenido con la cultura indígena y creo que sin caer en el indigenismo –nunca fue mi camino– acaso he revelado otros aspectos”. Y es que estas novelas tiene entre sus ingredientes mitos y leyendas. Nos muestra la cosmovisión andina, pero desde la perspectiva del Otro. Scorza construye sus novelas con un estilo personal. Mira la problemática de sus personajes y se solidariza con ellos pero sin perder la mirada occidental.

Ya ha pasado muchos tiempo desde la aparición de la pentalogía, y así como ningún lector común lee Conversación en la Catedral con el propósito de encontrar en ella una relación directa entre lo que se narra y la realidad sociopolítica, sino para disfrutarla como lo que es: una novela; así los cinco libros de “La Guerra Silenciosa” debieron librarse ya de ese rótulo de obras coyunturales que las mantiene al margen de la difusión que deberían tener en el mercado librero.**

Después de estas novelas y para empezar otro proyecto, Scorza publicó La danza inmóvil. La novela trasciende los escenarios de la sierra central para enmarcarse en Francia, en parte de la selva peruana, por instantes en México y Alemania. Deja de lado los personajes míticos del campesinado y se convierte en cosmopolita. Entre otras anécdotas, se narra el conflicto interior de un guerrillero que se enfrasca en un dilema: entre cumplir su deber como revolucionario o entregarse al amor de una mujer. Cree que debería serle fiel al movimiento, pero desiste. “Mi carne no puede más con la nostalgia de su carne, la revolución no me sirve para nada…” y justifica su retirada diciendo que “el acto verdaderamente revolucionario no es morir, es vivir…”, y él quiere vivir con y para Marie Claire, su amante francesa.

Probablemente Scorza quiso ser visto exclusivamente como escritor y demostró que su pluma vencía en todos los terrenos, con una novela fascinante donde la política también es protagonista pero que a diferencia de sus libros anteriores, la ideología romántica fue derrocada por un egoísta y posmoderno sentimiento de libertad. La colectividad de la revolución se rompe. La utopía es vista como utopía. Tal vez el sueño del cambio radical ha terminado. Pero el escritor sigue siendo escritor. Con o sin compromiso social. Enamorado o desencantado de la izquierda. Scorza demostraba que podía escribir perfectamente en todos los frentes de la novela. Lo había hecho con éxito al publicar La danza inmóvil. Ese sería el comienzo de otra literatura scorzariana que seguramente contaría con una lectura más pura de parte de la crítica. Pero Scorza murió en el apogeo de su obra. Como tantos otros, nos dejó la incógnita de lo que su literatura pudo haber alcanzado.

*Cita tomada del artículo “Scorza en el siglo XXI, por el camino de la posmodernidad. Muerte y resurrección de los dioses”, de Roland Forgues. Revista Martín 17 de la Universidad San Martín de Porres.
**Celebrando los 80 años de nacimiento y 25 años de la muerte de Manuel Scorza, solo el Fondo Editorial de la Universidad Alas Peruanas se ha animado a reeditar su obra completa. Ya se han publicado los tres primeros libros. Se proyectan dos más para el mes entrante y el resto aparecería en diciembre.
Publicado previamente en Porta 9.

miércoles 3 de diciembre de 2008

LA LÍNEA EN MEDIO DEL CIELO

Francisco Ángeles por fin ha publicado, y lo ha hecho en un momento en el que incluso sus amigos ya empezábamos a dudar de la existencia de esa novela cuyas páginas habíamos leído de manera aislada.

Pero La línea en medio del cielo existe. Y se presenta este jueves 4 de diciembre a las 8 de la noche en el Anfiteatro Chabuca Granda, en el marco de la FIL Ricardo Palma. Los comentarios estarán a cargo de Fernando Ampuero y Jeremías Gamboa.

La novela tiene noventa páginas y está dividida en dos partes. No haré un recuento de mis impresiones porque esta no es una reseña. Quisiera escribir una, pero sé que el entusiasmo que aún me sobrevive después de devorar el ejemplar se confundiría fácilmente con una actitud deshonesta y, sobre todo, parcial.

Solo puedo advertir un par de cosas.

La primera es que ahora entiendo por qué el trabajo casi obsesivo que ha tenido La línea en medio del cielo a lo largo de varios meses. Ángeles ha apostado por una novela corta, que no se aleje del cuento en lo que respecta a la precisión del lenguaje y a la intensidad sostenida de las acciones. Que nada sobre, era su intención inicial. Y finalmente nada sobra. Todo es necesario.

Ignat, el protagonista, actúa con tranquilidad frente a sucesos impactantes y trascendentales. Es como si se abstrajera de la realidad para proferir sus sentencias frente al resto del mundo. Porque acaso él mismo busca ese aislamiento: en algún momento de la novela Ignat renuncia al mundo exterior. Adentro está él, sus fotografías y su pasado; afuera, un ineludible caos político.
Pero estos son solo apuntes. Y lo único que puedo decir con certeza es que las líneas de La línea… están plagadas de imágenes casi cinematográficas que se fragmentan, pero que lejos de causar confusión crean un inevitable e interminable clima de intriga y misterio.

Mas esta no es una reseña y ni siquiera una presentación. Es un anuncio: la primera novela de Francisco Ángeles, coeditor de El Hablador y director de Porta 9, aparecerá el jueves en la Feria del Libro Ricardo Palma, a las 8 de la noche.
Quedan todos invitados.